MUJER CONSAGRADA
PORTAL DE LUZ

Escuela de Sacerdotisas

Los Dones Sagrados de tu Femineidad

Cómo comenzó todo

El tiempo, las espirales concéntricas, el fluir de la vida. Hace tanto tiempo…
Ahora que comienzo estas líneas me invade un remolino de recuerdos, ¿Cuándo me percibí diferente? Con esa capacidad de intuir y de poder ver lo que no todos podían, ese estado de ensoñación mágica que me acompañó desde pequeña. Ese poder fluir con los ciclos y sentir las energías de la vida, ese deslumbramiento ante la creación universal. Esa niña de tres años que danzaba sola en círculo frente al inmenso mar y cantaba al sol, donde lo aprendí. Donde aprendí la canción de la vida, para que las plantas mustias reverdecieran, y los animales heridos sanaran. Qué mecanismos internos activaba para poder ver a mis guías las hadas y que ellas me protegiesen y nada me sucediese a pesar de estar adentrada en el bosque.

Fui una niña salvaje, una niña maga desde siempre. Provengo de una familia de comadronas, sanadoras, sibilas, hechiceras de tradición celta-ligur. Nace una bruja en cada generación de la rama femenina y en esta, me tocó a mí.
Cuando niña entre los años sesenta y setenta, vivía cuatro meses al año en Lucila del Mar, una villa marina una de pocas casas por aquella época, la comunión sagrada con la naturaleza fue la base fundante de mi sensibilidad. Vivía con mi abuela, una anciana iluminada que tuvo la sabiduría de enseñarme a llamar a las hadas de su tradición celta-ligur y de dejarme en absoluta libertad para experimentar las fuerzas del entorno. Aprendí a nadar sola a los siete años ante olas bravías, era una amazona que galopaba en pelo a la vera del mar. Así la maravilla se apoderó de mi alma y ese sabor a libertad que me brindaba felicidad, me acompaño siempre, aún en los momentos más sombríos. El sol sobre mi piel, la arena, la espuma del mar en mis pies, mi cabello enredado cual enjambre de abejas, luna, sol, mar, bosque, dunas, tormentas, rayos, naturaleza viva, en todo su esplendor, así y ahí todo empezó.

Con el llegar de mi luna, a los once años, un día de la primavera, mi percepción se agudizó y no siempre veía cosas agradables, la Koré se convirtió en Perséfone, la reina del mundo subterráneo y, sociedad mediante, acostumbrada a disciplinar y no acompañar a las almas de las sensitivas, comencé a bloquear mi don hasta cierto punto. Mis padres, intelectuales agnósticos de clase media alta, no creían en esas “cosas de gente pobre, inculta y supersticiosa” y respondí con creces a las expectativas del afuera, sin embargo, sentía una carencia instalada en mi alma y el arte en sus diversas manifestaciones, suplió el vacío existencial en el que me sumí.

Deje de lado mi singularidad, pero mi don siempre se asomaba como un ladrón: en sueños, visiones, meditaciones, premoniciones y ensoñaciones.

Cuando no asumimos nuestro camino, nuestra vida se torna confusa, y como en una nebulosa gris, acontece la existencia. Obtuve tres títulos universitarios que me permitieron una vida profesional plena. Sin embargo, mi búsqueda se orientaba hacia amores peligrosos, no correspondidos y una serie de manifestaciones en mi vida cotidiana que más tenían que ver con el desamparo que con la plenitud. Mi don tan valioso fue tan vilipendiado, tan sumido en la indómita tierra de mi inconsciente, y se asomaba fugazmente llamándome por el nombre que solo mi alma conocía y así comencé a practicar yoga, cantos devocionales bhajams, mantras para calmar esa hambre espiritual que me carcomía.


Viví siete meses en Londres, en donde pude investigar, la tradición celta, como profesora de Literatura inglesa que soy, me fascino la leyenda Arturiana la cual había resonado en mí ser fuertemente desde mis 17 años.

Pasé incontables días investigando manuscritos antiguos en la Royal Library. Tuve la oportunidad de encontrar material inédito sobre mitología Celta que atesoré como gemas amadas. Hasta ese momento, desconocía la relación entre la leyenda y lo que hoy conocemos como espiritualidad femenina. La Diosa, la Madre Divina, la Dama de Avalon ha renacido de sus cenizas para re-establecer la armonía entre los sexos, para que por medio del amor sagrado podamos equilibrar ambas polaridades y crear una nueva sociedad inclusiva y equitativa que cuide la vida sobre la tierra.

A mi regreso a Buenos Aires, todo aquello que parecía estar encaminado hacia el deseo de mi alma y para el trabajo que se me había encomendado antes de llegar a este plano, se desdibujó una vez más y retorné a mi vida social anterior.

En el año 1995, una experiencia violenta y vejatoria me hizo tocar fondo, conocí el infierno, la muerte de la ilusión, desnuda y aún en carne viva me acerqué a Lugar de Mujer donde comencé una larga recuperación entre pares, me acerqué al feminismo y milité en él.

Entre algunas corrientes del feminismo nos podemos adentrar en espiritualidad femenina, no obstante, no fue allí donde encontré a la Madre Divina, sino porque tenía que hacerlo por destino. La Madre Hécate tomó mi mano y fue una maestra exigente pero muy generosa. Era un movimiento tan incipiente en Argentina… Cuando pude reconocer a mi Diosa en el adentro y en el afuera, mi vida cambió para siempre. La esperanza se instaló en mi vida. Después siguieron muchas formaciones, que aportaron riqueza a mi búsqueda y que me permiten acompañar a otras en su camino.

Hoy veintiséis después de mis primeros votos, y habiendo recibido muchas iniciaciones en Argentina, Avalon y Francia agradezco al Universo cada una de las experiencias que he vivido, tanto las sublimes como las desdeñables, todas fueron grandes maestras, de todas aprendí.

Con todo amor,
Adriana

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